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Hay batallas que se recuerdan por su fulgor. Otras, por la épica de sus héroes. Y existen algunas, pocas, que no admiten adornos: batallas que se libran porque no queda otra salida. Villaviciosa pertenece a esta última estirpe. No fue una batalla hermosa. Fue una batalla necesaria.
Diciembre de 1710. El año se desangraba junto con el reino. España llevaba una década desgarrada por la guerra de sucesión, por la duda sobre quién debía ceñir la corona, por la intromisión de potencias extranjeras que no luchaban por España, sino por su control. El invierno caía como un sudario sobre Castilla, y con él, la certeza de que aquel conflicto debía resolverse o consumiría el país hasta sus cimientos.
La batalla de Villaviciosa no fue solo un enfrentamiento entre ejércitos. Fue un juicio histórico. Un veredicto dictado por el acero, la pólvora y la sangre sobre la continuidad misma de España como entidad política soberana.
Una guerra que no era solo española
La guerra de sucesión española (1701-1714) no puede entenderse como un conflicto interno. Fue una guerra europea librada en suelo español. Tras la muerte sin descendencia de Carlos II, último rey de la casa de Austria, el trono quedó vacante y Europa entera se abalanzó sobre él como aves de rapiña.
Dos candidatos se disputaban la corona: Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, y el archiduque Carlos de Austria, respaldado por Inglaterra, las Provincias Unidas, el Sacro Imperio y buena parte de la nobleza europea. No se trataba de una disputa dinástica menor: estaba en juego el equilibrio de poder del continente.
España, debilitada por décadas de decadencia política y económica, se convirtió en tablero de ajedrez. Cataluña, Valencia y Aragón se inclinaron en gran parte por el bando austracista; Castilla permaneció fiel a Felipe V. El reino se partió en dos. Familias, ciudades y viejas lealtades quedaron enfrentadas.
1710: el año del abismo
El año 1710 fue, probablemente, el más peligroso para la supervivencia del proyecto borbónico en España. Las derrotas de Almenara y Zaragoza abrieron las puertas de Madrid al archiduque Carlos. Felipe V abandonó la capital. Durante semanas, España tuvo dos reyes y ningún futuro claro.
Pero el dominio austracista en Castilla era artificial. El pueblo no lo aceptó. Las líneas de suministro se estiraron peligrosamente. La hostilidad del territorio hizo el resto. Madrid se convirtió en una ciudad silenciosa y hostil para el pretendiente extranjero.
Cuando el archiduque se retiró hacia Aragón, comenzó el verdadero contraataque. El ejército borbónico, reorganizado y endurecido, inició la persecución. Brihuega, el 8 de diciembre, fue el primer golpe: una victoria completa que aniquiló una columna enemiga. Villaviciosa sería el martillazo final.
El mando borbónico: la vieja escuela de la guerra
Al frente del ejército borbónico se encontraba una figura decisiva: Luis José de Borbón. Vendôme no era un general académico ni un estratega de salón. Era un soldado de campaña, brutal cuando hacía falta, capaz de dormir en el barro y combatir al frente de sus hombres.
Su ejército estaba compuesto por tropas españolas y francesas, curtidas por años de guerra. No eran superiores en número, pero sí en cohesión y moral. Sabían que luchaban en su propia tierra. Sabían que aquella batalla decidiría si España seguiría siendo España o se convertiría en un protectorado de intereses extranjeros.
Felipe V, presente en la campaña, no fue un rey ausente. Su figura, joven pero decidida, simbolizaba la continuidad del trono. No era solo un candidato dinástico: era ya, para muchos, el rey legítimo.
El ejército austracista: cansancio y fractura
El ejército del archiduque Carlos estaba exhausto. Tras meses de marchas forzadas, hostilidad popular y derrotas recientes, su cohesión se había resentido. Mandado por el general Guido Starhemberg, era una fuerza profesional, bien entrenada, pero desgastada.
A diferencia del ejército borbónico, luchaban lejos de sus bases naturales. Muchos combatientes no tenían interés real en el destino de España. Para ellos, Villaviciosa era una batalla más en una guerra ajena.
El campo de Villaviciosa
Villaviciosa de Tajuña, en la actual provincia de Guadalajara, ofrecía un terreno abierto, ondulado, frío. Campos duros por la escarcha, caminos embarrados, visibilidad limitada por la luz invernal. No era un terreno favorable para maniobras complejas. Sería una batalla frontal, cruda, sin florituras.
El 10 de diciembre de 1710, ambos ejércitos se desplegaron al amanecer. La tensión era palpable. No había posibilidad de retirada digna para ninguno de los dos bandos. Aquella jornada decidiría la campaña.
El choque
La batalla comenzó con ataques simultáneos en ambos flancos. La caballería cargó una y otra vez, entre nubes de humo y gritos. La infantería avanzó en líneas cerradas, descargando fuego a quemarropa antes de lanzarse al combate cuerpo a cuerpo.
No fue una batalla limpia. Fue confusa, desordenada, feroz. En algunos momentos, ambos bandos creyeron haber perdido. Las líneas se rompían y recomponían. El frío no detenía el sudor ni el miedo.
Vendôme dirigía en persona los movimientos decisivos. Donde una unidad flaqueaba, allí aparecía. Donde el enemigo presionaba, allí se reforzaba el frente. No hubo genialidad táctica, sino resistencia constante.
La noche y la decisión
Al caer la noche, el campo estaba cubierto de muertos y heridos. Ningún bando había logrado una victoria clara en el terreno inmediato. Pero la diferencia estaba en lo que ocurrió después.
El ejército austracista, agotado y sin capacidad de reorganización, inició la retirada. No fue una huida desordenada, pero sí el reconocimiento implícito de la derrota estratégica. El ejército borbónico permaneció en el campo. España, también.
Villaviciosa no fue una victoria brillante en términos tácticos. Fue algo más importante: una victoria política, moral y estratégica.
Consecuencias históricas
Tras Villaviciosa, la guerra no terminó de inmediato, pero su desenlace quedó sellado. El archiduque Carlos abandonó progresivamente sus aspiraciones en la península. Años después, se convertiría en emperador del Sacro Imperio, perdiendo todo interés real en España.
Felipe V consolidó su trono. La nueva dinastía borbónica se afianzó. España inició, lentamente, un proceso de reconstrucción institucional que, con luces y sombras, permitiría su supervivencia como estado moderno.
Villaviciosa fue el punto de no retorno.
Villaviciosa y la memoria española
Y, sin embargo, Villaviciosa no ocupa el lugar que merece en la memoria colectiva. No hay grandes monumentos, ni épicas cinematográficas. Quizá porque fue una batalla incómoda. No encaja en los relatos simples. Fue una victoria lograda en la miseria, el cansancio y el sacrificio.
Pero precisamente por eso es una batalla profundamente española.
Aquí no hubo gloria imperial ni conquistas lejanas. Hubo defensa del hogar, del suelo, de la continuidad histórica. Se luchó para no desaparecer.
Sangre, sudor y hierro
Villaviciosa resume como pocas el espíritu que da nombre a este proyecto. Sangre derramada sin alardes. Sudor helado bajo el cielo de diciembre. Hierro empuñado por hombres que sabían que no habría segunda oportunidad.
No fue una batalla para ser cantada por trovadores. Fue una batalla para ser recordada por historiadores y por quienes entienden que las naciones no sobreviven por milagro, sino por sacrificio.
Cuando el año 1710 murió, España seguía viva. Y eso, en gran medida, se decidió en Villaviciosa.


