Blas de Lezo y Olavarrieta fue uno de los marinos más experimentados de la Monarquía Hispánica. En 1741 participó en la defensa de Cartagena de Indias frente a una expedición británica de enorme superioridad, durante la guerra del Asiento. La victoria aseguró el principal puerto del Caribe español y frustró una operación diseñada para alterar el equilibrio imperial en América. Su historia es extraordinaria, pero resulta aún más interesante cuando se separa la documentación de la leyenda patriótica.
Quién fue Blas de Lezo
Nacido en Pasajes, Guipúzcoa, en 1689, Blas de Lezo ingresó muy joven en la marina franco-española durante la guerra de Sucesión. En el combate de Vélez-Málaga de 1704 perdió la pierna izquierda. Más tarde quedó tuerto en Tolón y una herida sufrida en Barcelona inutilizó su brazo derecho. Esas lesiones explican los sobrenombres de «Mediohombre» y «Patapalo», pero no deben ocultar lo esencial: una carrera construida mediante décadas de navegación, combate, logística y mando.
Sirvió en el Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico. Combatió la piratería, escoltó convoyes y participó en la recuperación de Orán en 1732. En 1737 fue destinado a Cartagena de Indias como comandante de la escuadra local, una plaza decisiva para las comunicaciones y el comercio americano.
Por qué Cartagena de Indias era tan importante
Cartagena, en la actual Colombia, protegía rutas que conectaban el Caribe con el interior del virreinato de Nueva Granada. Su bahía ofrecía un excelente fondeadero, pero el acceso estaba canalizado por pasos estrechos y defendido por fuertes. Tomarla habría proporcionado a Gran Bretaña una base para atacar otros territorios y dificultar el sistema naval español.
La guerra del Asiento, conocida en el mundo anglosajón como guerra de la Oreja de Jenkins, enfrentó desde 1739 los intereses comerciales y estratégicos de ambas monarquías. Tras capturar Portobelo, el almirante Edward Vernon se convirtió en un héroe británico. Cartagena parecía el siguiente golpe capaz de producir una victoria decisiva.
La gran expedición británica de 1741
En marzo de 1741 apareció ante Cartagena una inmensa fuerza naval y anfibia. Las fuentes ofrecen cifras diferentes —según qué barcos y unidades se cuenten—, pero coinciden en su aplastante superioridad. Frente a ella, la defensa disponía de seis navíos de línea, fortificaciones, tropas regulares, milicias y conocimiento del terreno.
Blas de Lezo compartía la responsabilidad con el virrey Sebastián de Eslava, jefe político y militar de la plaza. La relación entre ambos fue difícil y su disputa posterior condicionó la memoria del asedio. Atribuir toda la defensa a un solo hombre simplifica una operación en la que intervinieron ingenieros, artilleros, marinos, soldados peninsulares y americanos, milicianos y trabajadores locales.
Cómo se defendió Cartagena de Indias
La entrada por Bocachica
Los británicos concentraron su ataque en Bocachica, defendida por el fuerte de San Luis y otras baterías. Lezo empleó sus barcos como plataformas artilleras y hundió algunos para dificultar el paso. Tras semanas de bombardeo y combate, los defensores tuvieron que replegarse, pero habían causado pérdidas y ganado tiempo.
El fuerte de San Felipe de Barajas
La fase decisiva llegó ante San Felipe de Barajas, fortaleza situada sobre una altura que dominaba los accesos terrestres. En la madrugada del 20 de abril, las columnas británicas intentaron asaltarla. Encontraron fosos más profundos de lo previsto, escalas insuficientes, fuego defensivo y desorganización. El ataque fracasó con numerosas bajas.
El clima, las enfermedades tropicales y la falta de agua potable agravaron la situación de la flota. Fiebre amarilla, disentería y otras dolencias causaron más estragos que el combate. Sin una victoria rápida y con sus efectivos reducidos, Vernon ordenó la retirada.
Las claves de la victoria española
- Defensa en profundidad: cada posición retrasó al atacante y evitó que su superioridad se aplicara de una sola vez.
- Geografía fortificada: canales, bajos, murallas y colinas obligaron a combatir en espacios estrechos.
- Coordinación de recursos: navíos, baterías, guarnición y milicias sostuvieron una resistencia prolongada.
- Fracaso logístico británico: la enfermedad, el desgaste y los problemas de mando hicieron insostenible el asedio.
La victoria fue, por tanto, el resultado de una estrategia defensiva colectiva. El talento de Lezo fue fundamental en la preparación naval y táctica; Eslava dirigió el conjunto de la plaza. Reconocer ambos niveles ofrece una imagen más fiel que la del héroe aislado.
Mitos sobre Blas de Lezo y Vernon
Se repite que Londres prohibió escribir sobre la derrota o que el episodio fue borrado por completo de la historia británica. No existe prueba de una prohibición general. Sí hubo propaganda prematura: se acuñaron medallas celebrando una victoria de Vernon antes de que terminara la campaña, una ironía que contribuyó a la leyenda posterior.
También conviene evitar cifras cerradas cuando las fuentes no coinciden. El tamaño exacto de la expedición cambia según se incluyan transportes, barcos auxiliares o marinería. Lo seguro es la desproporción y el enorme coste humano sufrido por los atacantes.
Muerte, silencio y recuperación de su memoria
Blas de Lezo murió en Cartagena el 7 de septiembre de 1741, pocos meses después de la retirada enemiga, probablemente a consecuencia de una infección. Fue enterrado en un lugar que no ha podido identificarse con certeza. Su enfrentamiento con Eslava perjudicó el reconocimiento inmediato de sus méritos.
Con el tiempo, la Armada y la historiografía recuperaron su figura. Monumentos, barcos y exposiciones recuerdan hoy al marino. Esa reivindicación es más sólida cuando no depende de exageraciones: Cartagena de Indias fue realmente una victoria estratégica de primera magnitud y Blas de Lezo desempeñó en ella un papel excepcional.




