Hay tratados que ponen fin a una guerra. Otros la aplazan. Y unos pocos hacen algo todavía más extraordinario: deciden por adelantado dónde combatirán generaciones que aún no han nacido.
El tratado de Cazola pertenece a esa última estirpe.
El 20 de marzo de 1179, Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón alcanzaron un acuerdo destinado a ordenar la expansión de ambos reinos sobre los territorios de al-Ándalus que todavía permanecían fuera de su dominio. No estaban repartiendo tierras que poseyeran, sino delimitando las zonas hacia las que cada monarquía podría avanzar en el futuro.
De aquel pacto surgiría una frontera política cuyas consecuencias se prolongarían durante siglos. Valencia, Játiva y Denia quedaron dentro del horizonte de expansión aragonés; Murcia pasó a formar parte del espacio reservado a Castilla. El límite meridional de la expansión aragonesa quedó situado en torno a Biar y la línea que descendía hacia el Mediterráneo.
No hubo allí una gran batalla. No chocaron miles de lanzas ni se quebraron escudos bajo los caballos. Sin embargo, pocas decisiones diplomáticas del siglo XII tuvieron tanta importancia para comprender la configuración posterior del levante y el sudeste peninsulares.
1179: Castilla y Aragón miran hacia el sur
La península ibérica del siglo XII era una tierra de fronteras vivas.
Nada estaba definitivamente asegurado. Los reinos cristianos crecían, guerreaban entre sí, pactaban, volvían a enfrentarse y, al mismo tiempo, presionaban hacia el sur sobre los dominios musulmanes.
Castilla y Aragón compartían un problema evidente: si continuaban avanzando, antes o después sus respectivas zonas de expansión terminarían encontrándose.
Y una Reconquista que debía continuar hacia el sur podía convertirse también en una guerra entre cristianos por las tierras conquistadas.
Había que fijar límites.
Alfonso II de Aragón había extendido sus dominios hacia el sur y tomado Teruel en el siglo XII. Alfonso VIII de Castilla, por su parte, acababa de obtener una posición extraordinariamente importante con la conquista de Cuenca en 1177. Aquella ciudad abría nuevas posibilidades estratégicas hacia el sureste peninsular. Dos años después, ambos monarcas acordaron sentarse y negociar.
No era la primera vez que se intentaba algo semejante.
El antecedente: el tratado de Tudilén de 1151
Antes de Cazola había existido el tratado de Tudilén, firmado en 1151.
Aquel pacto había establecido un reparto muy favorable a la expansión de la monarquía aragonesa hacia levante. Valencia, Denia e incluso Murcia quedaban dentro de su futura zona de conquista, aunque determinadas posesiones quedaban vinculadas mediante relaciones de vasallaje con la monarquía castellano-leonesa.
Pero el equilibrio político cambió.
Las conquistas cristianas avanzaron, las relaciones entre los reinos evolucionaron y la importancia estratégica de Murcia aumentó considerablemente para Castilla.
Cuenca había caído en manos castellanas en 1177. Desde aquella posición, el camino hacia las tierras levantinas y murcianas adquiría una dimensión completamente distinta.
El viejo reparto de Tudilén ya no respondía a la nueva realidad.
Cazola iba a sustituirlo.
Qué estableció realmente el tratado de Cazola
El acuerdo firmado por Alfonso VIII y Alfonso II modificó profundamente las zonas de expansión previstas anteriormente.
En términos generales, el reparto establecía:
- La expansión de Aragón hacia Valencia, Játiva y Denia.
- Biar como uno de los principales puntos de referencia de la frontera meridional aragonesa.
- Las tierras situadas al sur de aquella línea, incluido el reino de Murcia, dentro de la zona de expansión castellana.
- La desaparición de determinadas obligaciones feudales que habían condicionado los acuerdos anteriores entre ambas monarquías.
La trascendencia era enorme.
Aragón renunciaba a los derechos de expansión sobre Murcia que le habían sido reconocidos en Tudilén. A cambio, Alfonso II quedaba liberado del vasallaje que habría debido prestar al monarca castellano por determinadas conquistas levantinas previstas en el pacto anterior.
Era política medieval en estado puro.
Territorio a cambio de libertad política.
Frontera a cambio de autonomía.
Renuncia a unas tierras todavía no conquistadas a cambio de eliminar una dependencia que podía convertirse en una carga para generaciones futuras.
Murcia para Castilla, Valencia para Aragón
Esta es probablemente la consecuencia más conocida del tratado de Cazola.
Murcia quedó fuera de la futura expansión aragonesa.
Valencia permaneció dentro de ella.
Sobre un mapa puede parecer simplemente una línea. En el siglo XII aquella línea atravesaba, en realidad, un mundo que todavía no pertenecía a ninguno de los dos firmantes.
Los reyes estaban negociando sobre fortalezas que aún no controlaban, ciudades que todavía tendrían que ser sitiadas y tierras cuya conquista correspondería, en buena medida, a sus descendientes.
El tratado reservaba a la expansión aragonesa Valencia y su reino, Játiva y Denia, mientras que las tierras situadas más allá de Biar hacia el sur quedaban dentro de la futura expansión castellana. Aquella decisión tendría consecuencias extraordinarias durante el siglo XIII.
Jaime I y la conquista de Valencia
Los hombres que firmaron Cazola no serían quienes culminaran el gran avance previsto por el tratado.
Décadas después surgiría una de las figuras esenciales de la Reconquista: Jaime I el Conquistador.
Bajo su reinado, la Corona de Aragón emprendió la gran expansión hacia el Mediterráneo y el levante peninsular. Mallorca fue conquistada a partir de 1229 y la campaña valenciana transformó definitivamente el mapa político oriental de la Península.
Valencia cayó en 1238.
Aquello que en 1179 había sido una previsión diplomática escrita sobre papel empezaba a convertirse en territorio conquistado.
Castilla avanzaba al mismo tiempo hacia Andalucía y Murcia.
Las líneas imaginadas por Alfonso VIII y Alfonso II más de medio siglo antes comenzaban a materializarse sobre el terreno.
Cazola no era Cazorla
Existe además una cuestión que suele provocar confusión y que resulta fundamental para comprender el tratado.
Cazola no debe identificarse sin más con la actual Cazorla, en Jaén.
La documentación conservada utiliza Cazola, y el propio Portal de Archivos Españoles señala que el lugar ha sido confundido históricamente con Cazorla. La localización exacta no está completamente establecida, aunque se ha situado probablemente en territorio castellano próximo a Ariza, en la frontera entre las áreas de influencia de Castilla y Aragón.
La diferencia no es un detalle menor.
En internet resulta frecuente encontrar las denominaciones «tratado de Cazola» y «tratado de Cazorla» utilizadas indistintamente. Sin embargo, la forma histórica documentada y conservada en el Archivo de la Corona de Aragón es Cazola.
Un documento medieval que todavía existe
El tratado no es solamente un acontecimiento conocido gracias a cronistas posteriores.
El documento se conserva.
El original custodiado por el Archivo de la Corona de Aragón está fechado el 20 de marzo de 1179 y redactado en latín. Su signatura actual es ACA, Colecciones, Reserva, 18.
Existe además un detalle extraordinario: el propio archivo señala que se trata del documento en papel más antiguo conservado en el Archivo de la Corona de Aragón.
Ocho siglos después, aquel frágil soporte sigue guardando las decisiones de dos reyes que negociaron el futuro de territorios que todavía no habían conquistado.
Pocas cosas permiten sentir con tanta claridad la proximidad de la historia.
No estamos ante una leyenda transmitida de generación en generación.
El documento está ahí.
El pacto sobrevivió a quienes lo firmaron, a sus dinastías, a las guerras posteriores y a los siglos.
Del tratado de Cazola al tratado de Almizra
Como tantas fronteras medievales, la establecida en 1179 no permanecería inmutable.
La expansión militar del siglo XIII obligaría a precisar nuevamente los límites.
En 1244 se firmó el tratado de Almizra entre Jaime I de Aragón y el infante Alfonso de Castilla, futuro Alfonso X el Sabio. Aquel nuevo acuerdo debía resolver las tensiones surgidas mientras las conquistas previstas sobre el pergamino —y el papel— se transformaban en ciudades, fortalezas y campos ocupados efectivamente por los ejércitos cristianos.
Cazola había señalado la dirección.
Almizra tuvo que ajustar la realidad.
La frontera ya no era una abstracción diplomática. Ahora había hombres sobre ella.
Había castillos.
Había concejos.
Había repobladores.
Había caminos que proteger y ciudades que gobernar.
La importancia histórica del tratado de Cazola
El tratado de Cazola fue mucho más que un reparto territorial entre Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón.
Fue un ejercicio de cálculo político.
Ambos monarcas comprendieron que la expansión cristiana podía generar una nueva fuente de enfrentamientos entre los propios reinos peninsulares. Delimitar las zonas de conquista permitía reducir ese riesgo y orientar sus fuerzas hacia otros objetivos.
También condicionó decisivamente la futura configuración política del levante.
La incorporación de Valencia a la Corona de Aragón y la vinculación de Murcia con Castilla no pueden explicarse únicamente mediante Cazola, pues intervinieron campañas militares, pactos posteriores, rebeliones y nuevos tratados. Pero el acuerdo de 1179 constituye uno de los grandes antecedentes diplomáticos de aquella división territorial.
Por eso Cazola debe contemplarse como una de esas decisiones aparentemente silenciosas que terminan modificando la historia.
Una frontera trazada antes de la conquista
La imagen resulta fascinante.
En algún lugar próximo a la frontera castellano-aragonesa, dos reyes se reúnen en 1179.
Ante ellos no hay un mapa moderno.
No existen líneas administrativas perfectamente medidas ni fronteras levantadas por topógrafos.
Hay fortalezas.
Hay montañas.
Hay caminos.
Hay ríos.
Y más allá se extienden ciudades y territorios que ninguno de los dos controla todavía.
Alfonso VIII mira hacia Murcia.
Alfonso II mira hacia Valencia.
Entre ambos existe el peligro de que algún día sus descendientes lleguen al mismo lugar empuñando las armas.
Cazola intenta impedirlo.
Ese es el verdadero significado del tratado.
No repartió una victoria.
Repartió el futuro.
Cazola, una de las grandes decisiones diplomáticas de la Reconquista
La Reconquista no se construyó solamente mediante cargas de caballería, asedios y murallas tomadas al amanecer.
También hubo escribanos.
Embajadores.
Juramentos.
Pactos.
Renuncias.
Y hombres capaces de comprender que una frontera trazada antes de una campaña podía evitar una guerra después de ella.
El 20 de marzo de 1179, Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón hicieron precisamente eso.
El tratado de Cazola delimitó dos grandes direcciones de expansión: Valencia para la órbita aragonesa y Murcia para la castellana. Décadas después, cuando Jaime I, Fernando III y Alfonso X transformaran radicalmente el mapa peninsular, aquella vieja decisión seguiría proyectando su sombra sobre los acontecimientos.
Cazola no tiene el estruendo de las Navas de Tolosa ni la grandeza visual de la entrada de Jaime I en Valencia.
No dejó un campo cubierto de pendones.
Dejó algo menos espectacular y, a la larga, extraordinariamente poderoso: una frontera.
Y algunas veces la historia de España fue escrita con hierro.
Otras, con tinta.
En Cazola se utilizaron ambas.
