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Iberia, refugio de Europa: cuando los hielos retrocedieron y los hombres del sur volvieron hacia el norte

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Hubo un tiempo en que Europa estuvo a punto de convertirse en un inmenso reino de hielo.

No existían Francia, Inglaterra, Alemania ni España. No había fronteras, ciudades ni pueblos con los nombres que hoy conocemos. Gran parte del norte del continente estaba cubierta por glaciares; más al sur se extendían tundras, estepas frías y paisajes que ningún europeo moderno reconocería como propios. El mar se encontraba decenas de metros por debajo de su nivel actual y las islas británicas ni siquiera eran todavía, en sentido estricto, unas islas.

Y mientras el hielo avanzaba, los hombres retrocedieron.

Retrocedieron hacia aquellos confines de Europa donde todavía podían encontrar agua, animales, bosques y tierra habitable. Uno de esos territorios fue la península ibérica.

No fue el único. Italia, los Balcanes y otras regiones meridionales desempeñaron también un papel decisivo. Pero la investigación arqueológica y, sobre todo, la revolución del ADN antiguo han revelado algo extraordinario: Iberia fue uno de los grandes refugios humanos de la última glaciación y uno de los focos desde los cuales poblaciones supervivientes volvieron a extenderse hacia otras regiones de Europa cuando los hielos comenzaron a retirarse.

No hablamos de leyendas nacionales construidas muchos siglos después. Hablamos de huesos, dientes, carbono 14 y genomas recuperados de hombres que caminaron por la península hace más de veinte mil años.

Y algunas de esas huellas llegan sorprendentemente lejos.

Hasta Gran Bretaña.

La Sangre de Tharsis

Cuando Europa se congeló

El denominado último máximo glacial alcanzó su fase más severa aproximadamente entre hace 26.000 y 19.000 años.

Las enormes masas de hielo septentrionales hicieron inhabitables o extremadamente hostiles grandes extensiones del continente. Las poblaciones humanas se contrajeron y buscaron regiones meridionales donde las condiciones permitieran sobrevivir.

La geografía de Europa adquirió entonces una importancia decisiva.

Los Pirineos podían parecer una muralla, pero al sur de ellos se extendía una enorme península situada entre el Atlántico y el Mediterráneo, con montañas, costas, valles fluviales, refugios rocosos y una diversidad ecológica extraordinaria.

Iberia se convirtió así en uno de aquellos confines donde la humanidad europea pudo resistir.

Durante décadas, arqueólogos y genetistas hablaron del llamado refugio franco-cantábrico, una extensa región del sudoeste europeo que comprendía fundamentalmente el norte de la península ibérica y territorios del actual sudoeste francés.

Las investigaciones modernas han ampliado todavía más aquel escenario.

Porque ahora sabemos que la supervivencia no se limitó al Cantábrico.

Muy al sur, en tierras de la actual Granada, apareció una de las pruebas genéticas más impresionantes de toda la prehistoria europea.

Malalmuerzo: un hombre de hace 23.000 años

En la cueva de Malalmuerzo, situada en Moclín, Granada, fueron encontrados restos pertenecientes a un individuo que vivió hace aproximadamente 23.000 años, en pleno periodo solutrense y prácticamente en el corazón cronológico del último máximo glacial.

Dos dientes permitieron recuperar información genética.

Y aquello cambió considerablemente nuestra visión de la prehistoria europea.

El estudio publicado en 2023 en Nature Ecology & Evolution descubrió que aquel individuo poseía una ascendencia genética que conectaba poblaciones europeas anteriores al máximo glacial con las posteriores poblaciones asociadas al Magdaleniense.

Dicho de otra forma: en Iberia sobrevivió durante la gran glaciación una antigua línea de ascendencia de Europa occidental que en otros territorios había desaparecido o había sido sustituida.

No se trataba únicamente de que algunos hombres hubieran conseguido sobrevivir en una cueva de Andalucía.

La importancia es mucho mayor.

El individuo de Malalmuerzo constituye una especie de puente genético entre europeos anteriores y posteriores al momento más terrible de la glaciación.

Los investigadores escribieron expresamente que estos resultados sitúan a Iberia como un posible refugio meridional de la ascendencia europea occidental anterior al último máximo glacial. El estudio encontró además una continuidad genética que atraviesa ese máximo glacial y alcanza posteriormente a poblaciones magdalenienses de Europa occidental.

Las piedras guardaron sus herramientas.

Las cuevas conservaron sus pinturas.

Pero fueron sus dientes los que, veintitrés milenios después, permitieron escuchar de nuevo su historia.

La Sangre de Tharsis

Iberia no fue solamente un refugio: fue también un punto de partida

Aquí se encuentra la cuestión fundamental.

Sobrevivir a la glaciación fue solo la primera parte de la historia.

Cuando las temperaturas comenzaron lentamente a mejorar y los hielos se retiraron, enormes extensiones europeas volvieron a quedar disponibles para la ocupación humana.

Y las poblaciones refugiadas en el sur comenzaron a expandirse.

El gran estudio paleogenómico publicado en Nature en 2023, construido a partir del análisis de cientos de individuos prehistóricos, confirmó que una ascendencia preservada durante el máximo glacial entre las poblaciones del sudoeste europeo asociadas al Solutrense continuó posteriormente entre las poblaciones magdalenienses.

Estas poblaciones se expandieron hacia el nordeste después de la glaciación.

Ese detalle cambia completamente la imagen tradicional.

Iberia no fue un callejón sin salida donde unos cuantos supervivientes quedaron encerrados por el hielo.

Fue uno de los depósitos humanos desde los cuales Europa occidental comenzó nuevamente a poblarse.

Los hombres siguieron a los animales. Atravesaron valles y llanuras. Cruzaron territorios que generaciones anteriores habían abandonado. Se desplazaron hacia lo que actualmente llamamos Francia, Bélgica, Alemania y, finalmente, las regiones situadas mucho más al norte.

Aquel movimiento está relacionado con el mundo magdaleniense, una de las grandes culturas del Paleolítico superior europeo.

Y una parte de sus raíces había sobrevivido precisamente al sur de los Pirineos.

De Cantabria hasta las puertas del norte

Uno de los yacimientos fundamentales para comprender esta historia se encuentra en Cantabria.

La cueva de El Mirón ha proporcionado restos humanos de unos 18.700 años de antigüedad y representa una de las referencias esenciales de la ascendencia genética relacionada con los grupos magdalenienses occidentales.

Esta ascendencia suele denominarse en los estudios genéticos Goyet Q2/El Mirón.

El nombre puede parecer frío, casi administrativo.

Pero detrás de él existe una historia formidable.

Representa poblaciones cuyos antepasados atravesaron los peores milenios de la glaciación en el sudoeste europeo y cuyos descendientes aparecen después en territorios situados cada vez más al norte.

Los estudios paleogenómicos interpretan esa distribución precisamente como resultado de una expansión procedente de los refugios glaciales del sudoeste de Europa.

Iberia aparece, por tanto, no en la periferia de la historia paleolítica europea, sino en uno de sus centros de gravedad.

Muchísimo antes de Roma.

Muchísimo antes de los celtas.

Muchísimo antes incluso de que pudiera imaginarse nada parecido a España.

La tierra estaba allí.

Y también estaban aquellos hombres.

La Sangre de Tharsis

Y entonces llegaron a Gran Bretaña

Aquí la historia se vuelve todavía más fascinante.

Durante años circuló la afirmación de que británicos e irlandeses descendían en buena medida de poblaciones procedentes del norte de Iberia y, particularmente, de Galicia.

La afirmación llegó a hacerse enormemente popular durante los primeros años de la genética de poblaciones.

Tiene un fundamento científico real, aunque hoy debemos expresarla con mayor precisión.

Una investigación publicada en 2004 encontró una ascendencia compartida a lo largo de la fachada atlántica europea, desde el norte de Iberia hasta Escandinavia occidental. Galicia, Irlanda, Gales y Escocia aparecían dentro de aquel gran espacio de afinidades genéticas. Los investigadores interpretaron parte de aquel patrón como consecuencia de movimientos humanos producidos desde finales de la última glaciación.

Posteriormente, autores como Bryan Sykes popularizaron la idea de que una parte fundamental de los antepasados de los habitantes de las islas británicas había llegado desde las costas septentrionales ibéricas.

De ahí nació la frase, tan atractiva como excesivamente simplificada, de que «los británicos proceden de los gallegos».

Hoy no podemos formularlo literalmente así.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario de pensar que no existió relación alguna.

Porque el ADN antiguo ha proporcionado una prueba todavía más interesante.

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El hombre de Gough’s Cave y la conexión con Iberia

En Gough’s Cave, en el desfiladero de Cheddar, al sudoeste de Inglaterra, se encontraron restos humanos correspondientes a una población que habitó la región aproximadamente entre hace 15.000 y 14.600 años.

El estudio genético de uno de aquellos individuos produjo un resultado extraordinario.

Los investigadores determinaron que probablemente toda su ascendencia procedía de poblaciones relacionadas con los grupos magdalenienses, particularmente próximas genéticamente a individuos encontrados en El Mirón, en España, y Goyet, en Bélgica.

Detengámonos en lo que significa.

Un individuo que vivió en el sudoeste de Inglaterra hace unos quince mil años pertenecía genéticamente a la gran expansión magdaleniense occidental cuyo refugio durante la glaciación se encontraba en el sudoeste de Europa y para la cual Iberia constituye una región fundamental.

Es una relación mucho más sólida que cualquier semejanza mitológica.

Está escrita en el ADN.

El propio estudio considera la ascendencia Goyet Q2/El Mirón como representativa de una expansión postglacial desde los refugios del sudoeste europeo.

Gran Bretaña había permanecido prácticamente despoblada durante las condiciones más severas de la glaciación. Dos tercios de su territorio estuvieron cubiertos por el hielo durante el último máximo glacial y no existen pruebas sólidas de recolonización humana del sudoeste británico antes de aproximadamente 15.500 años atrás.

Cuando volvieron los hombres, algunos llevaban consigo aquella ascendencia occidental.

El camino exacto que recorrieron es más difícil de reconstruir.

Probablemente no debemos imaginar una embarcación saliendo directamente de una playa cántabra o gallega para alcanzar Inglaterra. Durante aquel periodo Gran Bretaña seguía conectada al continente y las poblaciones pudieron desplazarse durante generaciones a través del actual territorio francés, belga y neerlandés antes de alcanzar tierras británicas.

La genética identifica parentescos y movimientos de poblaciones.

No conserva el diario del viaje.

Pero el vínculo existe.

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Entonces, ¿eran gallegos los primeros británicos?

No.

Y precisamente porque la historia es lo bastante extraordinaria por sí misma, no necesitamos deformarla.

Hace quince o veinte mil años no existían gallegos, españoles, ingleses, franceses ni británicos.

Utilizar esos nombres sería proyectar identidades históricas sobre hombres separados de nosotros por centenares de generaciones.

Cuando determinados estudios modernos hablan de afinidades entre Galicia y las poblaciones atlánticas británicas e irlandesas, están comparando poblaciones actuales que conservan diferentes estratos de ascendencia acumulados durante miles de años.

Lo históricamente razonable es hablar de un antiguo corredor humano atlántico y de importantes movimientos postglaciales relacionados con poblaciones del sudoeste europeo, entre cuyos grandes refugios se encontraba Iberia.

Y aquí Galicia adquiere, ciertamente, una posición geográfica privilegiada.

Situada en el extremo noroccidental de la península, abierta al Atlántico y orientada precisamente hacia las rutas marítimas que posteriormente conectarían las costas ibéricas, francesas, británicas e irlandesas, formó parte durante milenios de ese universo atlántico.

Además, resulta difícil resistirse a recordar que las propias tradiciones medievales irlandesas conservaron leyendas sobre un origen hispánico.

El Lebor Gabála Érenn, el llamado Libro de las invasiones de Irlanda, narraba muchos milenios después la llegada de los milesios desde Hispania. Según aquella tradición, Breogán habría levantado una torre desde la cual su descendencia divisaría Irlanda.

La historia pertenece al mito, no a la genética.

Ningún genetista serio utilizaría a Breogán como prueba de una migración paleolítica.

Pero resulta culturalmente fascinante que las sociedades medievales de Irlanda conservaran relatos que situaban en el extremo occidental de Hispania uno de sus orígenes legendarios.

La ciencia y la leyenda deben permanecer separadas.

Aunque a veces ambas miren hacia el mismo océano.

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Iberia conservó lo que otras regiones perdieron

La verdadera singularidad ibérica se comprende mejor cuando la comparamos con otros refugios.

En Italia, por ejemplo, los estudios genéticos detectan importantes cambios de población alrededor del último máximo glacial.

En Iberia, por el contrario, Malalmuerzo proporciona evidencia de continuidad entre ascendencias anteriores y posteriores al máximo glacial.

Esa diferencia es crucial.

La península funcionó como lo que los investigadores denominan un refugio genético meridional.

Durante miles de años, mientras otras regiones eran abandonadas, repobladas o sufrían importantes sustituciones demográficas, determinadas poblaciones occidentales consiguieron permanecer en Iberia.

No necesariamente inmóviles.

No necesariamente aisladas.

Pero sí lo bastante estables como para que podamos seguir su rastro genético durante miles de años.

El hombre de Malalmuerzo demuestra que esa continuidad alcanzaba incluso el sur de la península.

El Mirón muestra su persistencia posterior en el norte.

Y los individuos magdalenienses encontrados más allá de Iberia documentan la expansión de poblaciones emparentadas con ese mundo hacia otras regiones europeas.

Pocas historias expresan mejor el papel de la península durante el Paleolítico.

Pero Europa recibió después otras oleadas humanas

Aquí debemos introducir una precisión fundamental.

Afirmar la enorme importancia de Iberia durante la repoblación postglacial de Europa occidental no significa sostener que todos los europeos actuales desciendan exclusivamente de aquellos cazadores ibéricos.

La historia demográfica europea no terminó hace quince mil años.

A partir de aproximadamente hace 14.000 años comenzó una nueva expansión de poblaciones relacionadas con la ascendencia denominada Villabruna, vinculada originalmente con grupos del sur y sudeste europeo.

Aquella nueva ascendencia se propagó extensamente por el continente y reemplazó o absorbió buena parte de las poblaciones magdalenienses anteriores.

Incluso en Gran Bretaña podemos contemplar el proceso casi directamente.

El individuo de Gough’s Cave conservaba aquella antigua ascendencia magdaleniense relacionada con El Mirón.

Pero unos siglos después, individuos de Kendrick’s Cave, en Gales, pertenecían ya a otra población relacionada con Villabruna.

Dos mundos humanos distintos llegaron sucesivamente hasta el extremo noroccidental de Europa.

todavía quedaban transformaciones mucho mayores.

Miles de años después llegaron a Europa los primeros agricultores procedentes de Anatolia y del Egeo.

Más tarde, durante el tercer milenio antes de Cristo, poblaciones relacionadas con las estepas póntico-caspias protagonizaron otra expansión gigantesca.

Las islas británicas tampoco permanecieron al margen. El ADN antiguo de Irlanda, por ejemplo, muestra primero una importante llegada de agricultores neolíticos de ascendencia fundamentalmente próximo-oriental y posteriormente una gran aportación genética relacionada con las poblaciones esteparias durante la edad del bronce.

Los europeos modernos somos el resultado de todas esas capas.

No existe un único pueblo ancestral.

Existe una historia de supervivencias, expansiones, sustituciones y mezclas.

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La importancia extraordinaria de Iberia permanece

Todas estas precisiones no disminuyen el papel de la península.

Lo hacen más interesante.

Durante mucho tiempo, la prehistoria europea se explicó mirando principalmente hacia Europa central, las grandes llanuras continentales y las migraciones procedentes del este.

La paleogenética está obligándonos a mirar también hacia el extremo occidental.

Hacia Cantabria.

Hacia Andalucía.

Hacia Portugal.

Hacia Galicia.

Hacia aquella península rodeada por dos mares donde determinadas poblaciones encontraron refugio cuando el norte se convirtió en hielo.

El hallazgo de Malalmuerzo es especialmente poderoso porque demuestra que la continuidad paleolítica ibérica no es simplemente una interpretación basada en utensilios semejantes encontrados en diferentes lugares.

Tenemos ADN.

Un individuo de hace unos 23.000 años conserva ascendencias anteriores al máximo glacial y las conecta con poblaciones magdalenienses posteriores. Los investigadores concluyen que el linaje representado por Malalmuerzo contribuyó sustancialmente a esos grupos occidentales posteriores.

Y esos grupos magdalenienses se expandieron hacia el norte y el nordeste cuando Europa comenzó a calentarse.

Finalmente encontramos esa ascendencia incluso en la Gran Bretaña paleolítica.

La cadena es difícil de ignorar.

Iberia fue refugio.

Iberia conservó linajes humanos antiquísimos.

Desde el sudoeste europeo volvieron a extenderse poblaciones hacia las tierras liberadas por los hielos.

Y parte de aquella huella alcanzó el extremo septentrional del mundo atlántico.

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Una de las cunas de la Europa paleolítica

¿Podemos decir entonces que Europa nació en Iberia?

Si utilizamos la frase literalmente, no.

Los Homo sapiens habían llegado a Europa muchísimo antes y existieron otros grandes refugios durante la glaciación. Además, importantes movimientos humanos posteriores transformaron repetidamente la población continental.

Pero podemos afirmar algo históricamente mucho más preciso y, en realidad, no menos impresionante:

Iberia fue uno de los principales refugios de la humanidad europea durante la última glaciación y uno de los grandes núcleos desde los cuales poblaciones paleolíticas volvieron a extenderse por Europa occidental cuando retrocedieron los hielos.

Esa afirmación ya no depende solamente de hipótesis.

La sustentan restos humanos de hace más de veinte mil años.

La sustenta el ADN de Malalmuerzo.

La sustenta la ascendencia de El Mirón.

La sustenta la expansión magdaleniense.

Y la sustenta, al otro extremo del continente, aquel hombre de Gough’s Cave cuyo genoma todavía conservaba el parentesco con las poblaciones del sudoeste europeo.

Mucho después llegarían agricultores, pueblos de las estepas, culturas del bronce, celtas, romanos, germanos, eslavos y todos los nombres con los que hemos aprendido a dividir la historia de Europa.

Pero debajo de esas capas permanecía una historia mucho más antigua.

La de unas pequeñas comunidades humanas que sobrevivieron al frío mientras gran parte del continente quedaba vacío.

Vivieron en las cuevas del Cantábrico.

Caminaron por las montañas andaluzas.

Cazaron bajo cielos que nosotros apenas reconoceríamos.

Contemplaron un océano cuya costa estaba muchos kilómetros más allá de la actual.

Y cuando el hielo comenzó finalmente a morir, sus descendientes y las poblaciones emparentadas con ellos volvieron hacia el norte.

Europa sería después conquistada, poblada y repoblada incontables veces.

Pero en uno de sus estratos humanos más antiguos, bajo miles de años de migraciones posteriores, permanece la huella de aquella Iberia que resistió cuando el hielo cubría el norte.

No es necesario convertirla en mito.

Su historia verdadera ya es suficientemente grande.

Fuentes científicas principales

La base paleogenómica fundamental del artículo procede del estudio de Vanessa Villalba-Mouco y colaboradores sobre el individuo solutrense de la cueva de Malalmuerzo, publicado en Nature Ecology & Evolution en 2023, que documenta la continuidad genética ibérica a través del último máximo glacial.

El gran estudio de paleogenómica europea publicado ese mismo año en Nature confirma la supervivencia de esa ascendencia en poblaciones solutrenses del sudoeste europeo y su posterior expansión magdaleniense hacia el nordeste. Para Gran Bretaña resulta fundamental el estudio de Charlton, Brace y colaboradores, que identificó en Gough’s Cave una ascendencia magdaleniense estrechamente relacionada con El Mirón y Goyet. La antigua hipótesis de una comunidad genética atlántica que vinculaba el norte de Iberia, Galicia y las islas británicas puede consultarse en los estudios de comienzos del siglo XXI, aunque debe interpretarse a la luz del ADN antiguo disponible actualmente.

Iberia, refugio de Europa: el origen paleolítico que llegó hasta las islas británicas

El ADN antiguo demuestra que la península ibérica fue uno de los grandes refugios humanos durante la última glaciación. Desde Malalmuerzo y El Mirón hasta la Gran Bretaña paleolítica, seguimos la expansión de aquellas poblaciones por Europa.

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