
Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos nació en Madrid el 14 de septiembre de 1580 y falleció en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) el 8 de septiembre de 1645. Conocido sencillamente como Francisco de Quevedo, está considerado uno de los más grandes escritores del Siglo de Oro español. Cultivó la poesía con maestría, pero también destacó en la narrativa, el teatro, la sátira y la crítica política. Caballero de la Orden de Santiago desde 1617 y señor de la Torre de Juan Abad, fue tan hábil con la pluma como temido por su lengua afilada.
Durante el reinado de Felipe IV, Quevedo protagonizó uno de los episodios más famosos y osados del ingenio verbal español. La anécdota, más legendaria que documentada, ha pasado de generación en generación como una muestra del uso perfecto del calambur, figura retórica basada en el juego de sonidos y significados.
La reina consorte era Isabel de Borbón, nacida en Fontainebleau el 22 de noviembre de 1602, hija del rey Enrique IV de Francia y de María de Médici. Contrajo matrimonio con Felipe, entonces príncipe de Asturias, en 1615, convirtiéndose en reina de España a partir de 1621. Mujer de gran belleza, inteligencia y nobleza de carácter, fue muy querida por el pueblo, aunque sufre de una leve cojera, defecto físico que detestaba que se mencionara.
Según la tradición oral, Quevedo apostó una cena con sus amigos a que sería capaz de insinuar aquel defecto en presencia de la reina sin sufrir represalias. Para lograrlo, preparó su estratagema con la audacia que lo caracterizaba. Compró dos ramos de flores —uno de claveles blancos y otro de rosas rojas— y se presentó ante la reina en una plaza pública.
Alzando ambos ramos con gesto galante, se dirigió a la soberana y pronunció las siguientes palabras:
«Entre el clavel blanco y la rosa roja,
su majestad escoja».
Un simple giro fonético en la pausa al recitar la frase bastaba para transformar la cortesía en sátira:
«Entre el clavel blanco y la rosa roja,
su majestad es coja».
El juego verbal, ingenioso y malicioso, constituye uno de los calambures más célebres de la lengua española. Más allá de la veracidad histórica del suceso, el episodio ha perdurado como símbolo de la agudeza y el descaro de Quevedo, capaz de retar con palabras a los más altos poderes sin perder la compostura ni la vida.
Una leyenda que resume el espíritu del Siglo de Oro: ingenio, sátira, riesgo… y versos como puñales.