
El cerco de Zamora
El llamado cerco de Zamora es un episodio envuelto en la bruma que separa la historia documentada de la tradición legendaria. Se ubica en el contexto de la segunda mitad del siglo XI, en plena recomposición de los reinos cristianos de la península ibérica, tras la muerte de Fernando I de León. Sin embargo, su historicidad es discutida, ya que las fuentes que lo mencionan provienen en gran medida de relatos literarios medievales, especialmente de la conocida leyenda del cerco de Zamora.
Según la tradición, esta leyenda tuvo origen en un cantar de gesta hoy perdido, identificado por algunos como el Cantar de Sancho II, cuya narración fue incorporada y prosificada en la Estoria de España de Alfonso X el Sabio. En cambio, textos más sobrios y cercanos a la época, como la Historia Roderici —biografía latina de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador—, no hacen mención alguna de estos sucesos, lo que ha llevado a los historiadores a poner en duda su carácter estrictamente histórico.
Contexto histórico
A la muerte de Fernando I de León en 1065, el monarca había dispuesto un reparto sucesorio peculiar: su hijo mayor, Sancho, recibió el condado de Castilla elevado a la categoría de reino; Alfonso heredó el reino de León, pieza central de la corona; y García obtuvo el reino de Galicia. Sus hijas, Urraca y Elvira, recibieron respectivamente las ciudades y señoríos de Zamora y Toro.
Este reparto, aunque en apariencia equitativo, resultó políticamente inestable. Sancho II, como primogénito, se sintió agraviado por no recibir León, considerado el reino principal y con mayor prestigio. La ambición dinástica y la concepción patrimonial de la monarquía medieval hicieron inevitable el conflicto.
En 1068, las tensiones estallaron en la batalla de Llantada, donde Sancho derrotó a Alfonso, obligándole a replegarse. Poco después, en 1072, volvieron a enfrentarse en la batalla de Golpejera, con una victoria decisiva de Sancho. Alfonso fue hecho prisionero y, gracias a la mediación de nobles como Pedro Ansúrez, se le permitió marchar al exilio en la taifa de Toledo, acogido por su aliado Al-Mamún.
Sancho, tras unificar bajo su mando Castilla y León, volvió su mirada hacia Galicia, que arrebató a su hermano García, prisionero desde la campaña en Portugal y confinado en Castilla. Solo quedaban por someter los señoríos de sus hermanas: Toro, en manos de Elvira, y Zamora, bajo el gobierno de Urraca.
Urraca, mujer de carácter fuerte y hábil en política, se negó a someterse a la autoridad de su hermano, lo que precipitó el cerco de Zamora.
La leyenda del cerco
El relato legendario describe a Zamora preparándose para la defensa bajo el mando de Arias Gonzalo, anciano caballero fiel a Urraca. El asedio, según la tradición, duró siete meses y seis días, de ahí la expresión popular “no se ganó Zamora en una hora”.
Durante el sitio, surge la figura de Vellido Dolfos, caballero zamorano que, fingiendo traicionar a Urraca, se ganó la confianza de Sancho II. En un momento acordado, fuera de las murallas y en el lugar donde hoy se alza la Cruz del Rey Don Sancho, Dolfos habría atravesado al monarca con una lanza, dándole muerte el 6 de octubre de 1072. Acto seguido, huyó hacia la ciudad, entrando por una abertura de la muralla conocida como el Portillo de la Traición, rebautizado en 2010 como Portillo de la Lealtad.
Tras la muerte de Sancho, el asedio se levantó. La leyenda añade que, días después, Diego Ordóñez de Lara, caballero castellano, retó públicamente a los zamoranos, acusándolos de traición y cobardía por el asesinato de su rey. Arias Gonzalo, impedido por su señora de batirse, envió a sus hijos a responder al desafío. Uno a uno fueron cayendo en duelo singular, convirtiéndose en símbolo de honor y sacrificio.
Consecuencias y la Jura de Santa Gadea
Con Sancho muerto sin descendencia, el camino quedó libre para que Alfonso VI regresara del exilio y reclamara los tronos de León, Castilla y Galicia. Sin embargo, su acceso al poder quedó empañado por la sospecha de su implicación en el asesinato de su hermano.
De ahí surge otra de las leyendas más conocidas de la Edad Media hispánica: la Jura de Santa Gadea. Según el romance, el Cid Campeador obligó a Alfonso a jurar públicamente en la iglesia burgalesa de Santa Gadea que no había participado en la muerte de Sancho. Aunque no existe prueba documental de que este juramento ocurriera en Burgos, se ha señalado que podría haberse producido en la iglesia de Santiago de los Caballeros, en Zamora, templo vinculado tanto a la juventud de Alfonso y Rodrigo como al ceremonial caballeresco del Cid.
Entre la historia y el mito
El cerco de Zamora, como otros episodios medievales, se mueve entre la crónica política y la literatura heroica. El trasfondo histórico de la guerra entre los hijos de Fernando I está fuera de toda duda; sin embargo, la muerte de Sancho a manos de Vellido Dolfos, los duelos de los hijos de Arias Gonzalo o la Jura de Santa Gadea pertenecen más al imaginario popular que a la documentación fiable.
Este relato, transmitido a través de cantares de gesta, romances y crónicas alfonsíes, contribuyó a forjar el arquetipo del honor caballeresco y la lealtad a la tierra y a la palabra dada, valores que la Castilla medieval elevó a emblema. Aunque la historia pueda discutirse, el mito ha sobrevivido siglos, convirtiendo el cerco de Zamora en una de las leyendas más potentes de la reconquista y de la memoria histórica de España.