
La batalla de Clavijo ocupa un lugar especial en el imaginario histórico español. No se trata únicamente de un enfrentamiento bélico, sino de un episodio envuelto en un halo de fe, mito y tradición, que sirvió como justificación para el famoso Voto de Santiago y para el reconocimiento de privilegios nobiliarios que perduraron a lo largo de los siglos. Su relato mezcla hechos históricos, leyendas de intervención divina y una trascendencia política que excedió con creces el ámbito militar.
Según la tradición, el combate tuvo lugar el 23 de mayo del año 844, en el denominado Campo de la Matanza, cercano a Clavijo, en la actual La Rioja. Allí, las tropas del rey Ramiro I de Asturias, apoyadas y capitaneadas por el conde de Castilla, Sancho Fernández de Tejada, se enfrentaron a un ejército musulmán comandado por el emir Abderramán II. La causa inmediata de la batalla habría sido la negativa del rey Ramiro a continuar pagando el humillante tributo de las cien doncellas, un pago en el que cincuenta jóvenes cristianas eran entregadas para matrimonio forzado y otras cincuenta como concubinas.
El enfrentamiento, según la leyenda, fue dramático: un ejército musulmán muy superior en número puso en aprietos a las fuerzas cristianas, que terminaron refugiándose en el castillo de Clavijo, en el monte Laturce. La noche anterior al combate decisivo, el rey Ramiro habría soñado con el apóstol Santiago, quien le prometió acudir en su ayuda. Así, la mañana del 23 de mayo, cuando las tropas cristianas emprendieron la ofensiva, el apóstol apareció cabalgando sobre un corcel blanco, espada en mano, infundiendo valor a los soldados y cambiando el curso de la batalla.
La victoria fue total. Se dice que Sancho Fernández de Tejada, al romperse su lanza en el fragor del combate, blandió una rama de tejo, animando a sus hombres en un último y decisivo esfuerzo. En reconocimiento a su valor, el rey Ramiro le otorgó el sobrenombre de “de Tejada”, así como privilegios que pasarían a su descendencia. Estos privilegios quedaron ligados al Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, un señorío único que aún conserva un estatus nobiliario singular y que fue ratificado por todos los reyes de España y posteriores jefes de Estado, incluso en épocas de persecución contra la nobleza.
Dos días después de la supuesta batalla, el 25 de mayo, el rey Ramiro dictó en Calahorra el Voto de Santiago: todos los cristianos de la península deberían peregrinar a Santiago de Compostela con ofrendas, en agradecimiento por la intervención milagrosa del apóstol. Se estableció además un impuesto a la Iglesia para mantener estas ofrendas. Desde entonces, Santiago fue considerado patrón y protector de los ejércitos cristianos en la lucha contra el islam, siendo venerado con el sobrenombre de “Matamoros”.
El relato de la batalla, sin embargo, no aparece en las fuentes cercanas a la fecha de los hechos. Ni las crónicas musulmanas de Abderramán II, centradas en campañas en Álava, ni las crónicas asturleonesas, que mencionan asedios en Albelda, hacen referencia a Clavijo. No fue hasta el siglo XIII cuando Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, incluyó por primera vez esta narración con la intervención del apóstol Santiago. Ya en el siglo XVIII, el historiador Juan Francisco Masdeu cuestionó su veracidad, considerando la batalla un mito propagandístico creado para reforzar la fe y el prestigio de determinadas familias nobiliarias.
A pesar de sus dudas históricas, la leyenda de Clavijo tuvo un impacto social profundo. Sancho Fernández de Tejada y sus trece hijos fueron honrados con títulos y tierras, incluyendo la jurisdicción de los montes de Tejada y Valdeosera, con plenos derechos nobiliarios para hombres y mujeres, algo inusual para su tiempo. También recibieron la encomienda de proteger los caminos, incluidas las rutas de peregrinación a Compostela, formando la primera orden de caballeros asociada al Solar de Tejada, reconocida siglos después por los Reyes Católicos en 1491.
Sancho, fiel a su rey, extendió la frontera cristiana hasta el reino de Aragón y obtuvo nuevas villas y montañas donde instaló a sus descendientes. De sus trece hijos, cinco permanecieron en el Solar de Tejada, mientras los otros se establecieron en tierras leonesas. Esta organización familiar y territorial garantizó la pervivencia del señorío, que siguió protegiendo las rutas de peregrinación durante siglos.
Un siglo después, el obispo Gotescalco de Puy, en ruta hacia Compostela, pasó por Clavijo y el monasterio de San Martín de Albelda, donde ya reposaba María, esposa de Sancho, protectora junto a su marido de ese y otros monasterios, como el de San Millán. Este obispo encargó allí una copia del libro de San Ildefonso sobre la virginidad de María, incluida en el famoso Códice Albeldense, prueba indirecta de la importancia espiritual y cultural de esta región.
Hoy, la batalla de Clavijo se entiende como un mito fundacional más que como un hecho histórico comprobado. Sin embargo, su legado cultural y simbólico sigue vivo, recordándonos cómo la combinación de fe, política y tradición puede dar forma a la memoria histórica de todo un pueblo.