![]()
La guerra de Flandes no fue una guerra cualquiera. Fue una hoguera de ochenta años, encendida entre canales, diques, ciudades amuralladas, nieblas del norte y campos empapados de sangre. Allí, lejos del sol de Castilla y de las sierras de España, los tercios sostuvieron durante generaciones el nombre de la monarquía hispánica frente a una rebelión tenaz, rica, marítima y apoyada por poderosos intereses europeos. La guerra comenzó en 1568 y concluyó en 1648 con el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas, en el marco de la llamada guerra de los Ochenta Años.
No fueron invencibles, porque ningún ejército humano lo es. Pero durante siglo y medio, los tercios representaron una de las infanterías más temidas de Europa, apoyada en disciplina, táctica, veteranía, resistencia y una severa cultura del honor militar. A continuación, cinco de sus mayores victorias en Flandes: cinco jornadas en las que la pica, el arcabuz, la espada y la fe marcharon juntas bajo cielos de hierro.
1. Jemmingen, 1568: el duque de Alba cierra la primera herida
La batalla de Jemmingen, librada el 21 de julio de 1568, fue una victoria total del ejército de la monarquía hispánica, mandado por Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, contra las fuerzas de Luis de Nassau. El enemigo, confiado en el terreno inundado y en la protección de canales y obstáculos naturales, creyó que el barro y el agua serían muralla suficiente contra los españoles. No lo fueron.
Los hombres de Alba avanzaron con el agua a la altura de las rodillas. Tomaron un punto clave, resistieron los contraataques y, cuando los refuerzos de los tercios viejos entraron en acción, la batalla se convirtió en una ruptura completa del ejército rebelde. La derrota de Luis de Nassau fue devastadora: su ofensiva quedó deshecha y el duque de Alba recuperó la iniciativa estratégica.
Jemmingen fue una victoria de mando frío, no de furia ciega. Alba no desperdició sus fuerzas. Midió, atrajo, golpeó y aplastó. Fue la lección primera de Flandes: quien se enfrentara a los tercios no combatía contra una muchedumbre armada, sino contra una maquinaria de guerra templada por Italia, Alemania, Francia y media Europa.
2. Mook, 1574: la caída de los Nassau
El 14 de abril de 1574, cerca de Mook, el ejército español, dirigido por Sancho Dávila y Bernardino de Mendoza, derrotó por completo a las fuerzas de Luis y Enrique de Nassau. Ambos jefes rebeldes murieron en la jornada, y con ellos se hundió una de las grandes esperanzas militares de Guillermo de Orange.
Mook fue una batalla breve, dura y decisiva. Los rebeldes pretendían aliviar la presión sobre Leiden y abrir una vía de penetración hacia el corazón de los Países Bajos. Pero los mandos españoles maniobraron con paciencia, hostigaron, cerraron pasos, ganaron tiempo y obligaron al enemigo a combatir en condiciones desfavorables. Cuando llegó el choque, la caballería y la infantería hispánicas hicieron su oficio con una eficacia brutal.
Mook fue una batalla breve, dura y decisiva. Los rebeldes pretendían aliviar la presión sobre Leiden y abrir una vía de penetración hacia el corazón de los Países Bajos. Pero los mandos españoles maniobraron con paciencia, hostigaron, cerraron pasos, ganaron tiempo y obligaron al enemigo a combatir en condiciones desfavorables. Cuando llegó el choque, la caballería y la infantería hispánicas hicieron su oficio con una eficacia brutal.
Gembloux no fue una larga agonía de trincheras, sino una cuchillada. La caballería y la infantería españolas atacaron con una violencia calculada, rompieron la formación enemiga y provocaron el colapso. El ejército de los Estados Generales quedó aniquilado en una sola jornada, y el prestigio de Farnesio comenzó a elevarse con fuerza en el teatro flamenco.
En Gembloux brilló una de las claves del poder militar español: la unión entre mando audaz y tropa veterana. Don Juan aportó el fulgor del nombre y la decisión; Farnesio, la inteligencia estratégica que más tarde lo convertiría en uno de los grandes capitanes de su tiempo. Para Flandes, fue aviso de tormenta. Para España, una jornada de restauración.
4. Empel, 1585: cuando el hielo pareció servir a España
Entre el 7 y el 8 de diciembre de 1585, en la isla de Bommel, el Tercio Viejo de Zamora, mandado por Francisco Arias de Bobadilla, quedó cercado por fuerzas enemigas y por una escuadra holandesa. La situación era extrema: frío, hambre, agua, aislamiento y un enemigo que esperaba la rendición. Según la tradición, los soldados hallaron una tabla con la imagen de la Inmaculada Concepción, hecho que fue interpretado como señal providencial.
Aquella noche, el frío heló las aguas. Los españoles pudieron moverse sobre el hielo y atacar por sorpresa. Lo que parecía un cerco mortal terminó convertido en victoria. Empel no fue solo un episodio militar: fue una escena fundacional de la memoria espiritual de los tercios. La guerra, que tantas veces se libraba entre barro, deuda, hambre y pólvora mojada, adquirió allí una dimensión casi litúrgica.
Empel permanece porque resume como pocas batallas el mito duro del soldado español en Flandes: cercado, empapado, hambriento, abandonado a un destino cruel, pero incapaz de doblar la rodilla. Hay victorias que se cuentan con cifras. Empel se cuenta con campanas.
5. Kallo, 1638: la última gran dentellada
La batalla de Kallo, librada el 20 de junio de 1638 cerca de Amberes, fue una de las grandes victorias hispánicas en la fase final de la guerra de los Ochenta Años. En un momento en que el poder español ya no era el del siglo anterior y la guerra se había vuelto más compleja, más costosa y más internacional, Kallo demostró que los ejércitos de la monarquía aún podían golpear con fuerza terrible.
El combate se desarrolló en torno a posiciones fortificadas, diques y zonas próximas al Escalda. Las fuerzas españolas lanzaron un ataque nocturno contra las posiciones holandesas, en una operación dura y sangrienta que se prolongó durante horas. Las fuentes la presentan como una de las mayores victorias de las armas hispánicas en la segunda mitad de la guerra.
Kallo no tiene el brillo temprano de Jemmingen ni el aura sagrada de Empel, pero posee una grandeza severa: la del veterano que aún puede matar cuando todos lo dan por vencido. Fue una victoria tardía, áspera, de dique, noche, arcabuz y acero. Una victoria de un imperio cansado, sí, pero todavía peligroso.
El hierro que sostuvo Flandes
Estas cinco victorias muestran la naturaleza profunda de los tercios en la guerra de Flandes. Jemmingen fue disciplina. Mook fue castigo. Gembloux fue relámpago. Empel fue resistencia y fe. Kallo fue la última furia de un gigante herido.
Flandes fue un pozo sin fondo para España: hombres, plata, barcos, pólvora, caminos, diplomacia y generaciones enteras se consumieron en aquella guerra interminable. Pero también fue el escenario donde el soldado español levantó una reputación que cruzó siglos. En aquellos campos de barro, bajo lluvias frías y cielos bajos, los tercios escribieron una verdad antigua: los imperios no se sostienen solo con coronas, sino con hombres capaces de marchar cuando otros se rinden, de formar cuando otros huyen y de morir sin entregar la bandera.


